Principe de la Noche – Henry J. White – 2oo5

….Era una noche de verano cálida, muy cálida, allí estaba ella, sola, soñando, dormida, arropada tan solo por su camisón rojo, con la ventana entreabierta mientras la noche mecía entre las estrellas y la luna un silbante soplo de aire fresco, húmedo, cargado de amor y lujuria. La habitación estaba oscura, débil, templada ante la noche, apenas un resquicio de luz se colaba tímidamente con la ayuda de la luna. Un silbido, y luego otro más fuerte,
los arboles acompasaban al viento con su ramaje, de pronto en un mísero instante, un inconcebible segundo de silencio absoluto cubrió la casa, el valle, el cielo… El tiempo se detenía al mismo momento en que una estrella fugaz viajaba lenta pero velozmente aquel misterioso y estrellado cielo, inmensamente, oscuro, espectralmente negro, eternamente azabache.

Ella sintió un escalofrío que recorría electrizantemente todo su esbelto cuerpo, su pelo ondeaba rápidamente entre sus sabanas, entre su almohada, mientras aquella figura, príncipe de la noche, rey del silencio, soplaba con inmensa delicadeza sobre su virgen y desnudo cuello, se podía notar en el aire aquel palpitar, pum…pum…pum…, la sangre deslizándose suavemente por su yugular, un palpitar sosegado, excesivamente calmado, pum … … pum … … pum … …, provocando en aquel espectro, en aquel saltante nocturno, el profundo deseo, una indescriptible pasión, y un incontrolable impulso…

Beso con extrema delicadeza aquella zona, que por momentos fluía cálida, y denotaba un suave color rojo, allí donde los eternos labios de aquel ser se plasmaban en su joven cuello. Alzo el cuello entre sus brazos, sus colmillos destellaron en la habitación al instante en el que mordió con desenfreno, lujuria y pasión…

Se apartó al tiempo en que ella levantaba la mirada, salía de su ensoñación, y en el mismo instante en que cruzaban las miradas, él penetró en su cuerpo, atravesando su puros y verdosos ojos, que rojos de fuego, convertirían su cuerpo en una llama de pasión, inundada por el único e irrefrenable deseo de beber la sangre de aquel maestro del amor…

Ella asíaba con firmeza su cuello, mientras él, como hechizado por la belleza de la joven, mordía su muñeca para darle ansiosamente su eterno corazón. Se alzaron ambos. Él, cubiertos sus labios de la noble sangre de la dama, y ella con sus labios, vertidos del más puro calor
del amor, de una sangre de fuego, una sangre enteramente de pasión.

Mientras un bello clamor, alzaban sus miradas a una nueva dimensión…

….shhh, shhhh, shhhhh… el viento siguió con su tintineante silbido, al compás con el bosque de aquel valle, aquella habitación seguía oscura, apenas con aquel rayo de luz que se colaba ahora precipitadamente, sin encontrar ni un solo rastro de aquel ente, ni de la sangre vertida sobre aquellas celestiales sabanas.. Ni de aquella dama, que desapareció, en ese mísero instante en que el cometa cruzó…


Corregida: 4 de Enero del 2017
Texto: #112
Escritos: #16

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