Paraíso – Henry J. White – 2005

Quise nacer bajo la piel de un pájaro,
deslizarme como una alegre salamandra, por el agua.

Atisbe una luz grandiosa y celestial.
Inundado por colores vivos,
respirando una frescura inexplicable,
alentado por una armonía celeste.

Vi a aquella mujer imposible de describir,
rodeada por un halo,
allí quede cegado.

Espere tranquilo a que se comunicara,
mas fue impredecible al tiempo,
fuera del concebido espacio,
al fin dejo caer
tímidamente su mano.

Llevándome a un lugar.
Aquel que todo el mundo,
toma como su propio hogar.

Hermoso y bello
saturado de vida.
En el que reinaba el amor,
y no la maldita desidia.
Allí donde fui,
jamás nadie pudo concebir.

Quisiera poder relatarles,
detallarles aquel lugar,
mas no abría palabra humana
para poder expresar.

No había ruido,
mas no existía el silencio.
No escuchaba,
y a al vez oía todo.

Ella bailaba,
cantaba,
danzaba y caminaba
a mí alrededor.

Sus dorados
mechones rizados,
descendían tiernamente
sobre su dulce y esculpido cuerpo.
Suave,
liso,
perfecto.

Era algo natural,
¡No!, era sobrenatural,
algo divino.
Mas allá de lo concebido como divino,
superaba el mundo de las ideas.

Allí estábamos los dos,
sobre una gigantesca
alfombra verde clara,
por la que se descubría
un trayecto enorme celeste.

El brotar de un manantial
se escuchaba lejos,
y al momento parecía
estar junto a nosotros.
Chispeaban las gotas
tal cual resbalaban por las rocas.

Todo aquello era tan sublime,
el píar de los pájaros,
algunos ruiseñores volaban
mientras otros
solos o acompañados,
cantaban al son del sol.

Era tan fantástico,
tan irreal,
que no podía pensar
que aquello no fuese
mas que un sueño.

Corrían por mi cuerpo
tales sentimientos,
tan real,
que casi podía
besar el viento.

Aun hoy recuerdo ese momento,
en que quede prendado
de aquella sonrisa tan bella.
Cabalgando sobre un potro blanco
ensimismado por ella.

El cielo
era siempre como un amanecer eterno,
siempre anaranjado,
brillante,
fugaz,
despierto.

Creí atisbar alguna nube,
mas solo debió ser mi imaginación,
pues estaba tan despejado
que casi podía ver tras el cielo.

No había bosques,
tan solo árboles,
aquí o allá,
pequeños,
grandes,
finos o anchos,
todos vivos,
todos florecientes,
rojos,
verdes,
naranjas o azules.

¿Era aquél lugar el mundo de las luces?

No divisaba el horizonte,
mas era incapaz de atisbar
el fondo de aquel lugar,
solo estuve unas horas,
pero quise creer
que fueron días,
semanas,
o años.

Allí todo escapaba a la percepción del tiempo.
De repente, oí mi nombre tras un montón de hojas,
cuando gire mi cabeza
todo se desvaneció,
tan pronto como apareció.


Corregida: 4 de Enero del 2017
Texto: #104
Poesía: #56

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